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Lágrimas de hierro
Alquife, sinónimo de riqueza minera durante más de un siglo, se
encuentra sumido en el abandono, después del cierre de sus explotaciones
OSARIO es una rosa de 98 años vestida de negro y maquillada con las
arrugas regaladas por la vida. Cada día sale a la puerta de su casa,
en la calle Lepanto, y busca con sus ojos la imagen de los mineros
dirigiéndose al trabajo con sus carburos al hombro y la bolsa de comida
en la mano. No los encuentra desde Octubre de 1996, cuando dejó de
funcionar la última explotación minera de Alquife. Ahora sólo tiene
un muro enfrente de su vivienda.
La localidad ha sido sinónimo de mina, de progreso, de riqueza,
de alegría, de calidad de vida, de durante 112 años. Desde febrero
de 1997, fecha elegida por la Compañía Andaluza de Minas para despedir
a sus 264 obreros, una palabra desconocida por estos lares, llamada
paro, le ganó la batalla a las barricadas, a las huelgas, a las
cargas contra la Guardia Civil, a los encierros en la Catedral de
Granada a la vida de un pueblo que ha crecido con el sudor de tres
generaciones, teñidas por el color rojo del mineral ferruginoso.
«Antes bajábamos de la mina reventados pero no faltaba la alegría
en los bares y en los hogares, no prescindíamos de nada». Cuatro
años después del cierre de la última explotación activa, Benito
Ruiz, ha dejado de arrojar piedras contra las fuerzas del orden
público, para lanzarlas, de una forma más diplomática, contra la
Administración andaluza. El nuevo alcalde del PP, «porque el partido
me prometió hechos y no cuentos de hadas», mueve sus manos al son
que marcan sus palabras: «Nos han dado una escuela taller para edificar
una residencia geriátrica, tenemos una nave donde un empresario
de Laroles se pretende instalar para construir muebles del siglo
XVI». Durante la explicación de los proyectos de futuro repite la
palabra paro más de quince veces: «Sólo quiero trabajo para mi pueblo»,
sube el tono de voz, mientras señala con el dedo índice los planos
de la futura residencia, donde fija su mirada.
Con 53.000 pesetas, la vida sigue
Pero el presente es muy duro. Los 2,5 millones de pesetas de sueldo
anual que ganaba un minero ha quedado en cincuenta y tres mil pesetas,
cobradas mes a mes por quienes enriquecieron a los ingleses, primero,
australianos después y franceses, por último. «Los gabachos se encargaron
de hundir el negocio», afirma Antonio Valenzuela. En su casa, nadie
va de vacaciones desde 1996. «El médico no me ha prohibido fumar,
pero hace cuatro años me di cuenta que el dinero no llegaba para
comprar todos los días una cajetilla. Me vi obligado a dejarlo».
Su mujer compra, como antes, en la tienda de Loli, el pequeño corte
inglés de Alquife. Pero ahora lleva menos peso en los brazos cada
vez que llega a su casa. Las bolsas no se llenan tanto como antaño.
La ayuda familiar no le permite demasiadas alegrías, más bien, bastantes
quebraderos de cabeza, sobre todo a principio de cada mes, cuando
desembolsa las cuotas del alquiler de las viviendas de dos de sus
hijos, estudiantes de la Universidad de Granada, el pago de los
recibos de la luz, del agua, de las basuras, la comida «y con suerte
de que no surjan imprevistos». La mujer que duerme a su lado desde
hace más de veintitrés años ya no le prepara la talega con la merienda,
como hacía cada una de las mañanas, las noches o las tardes de trabajo,
desde 1960. El Inem dejará de prepararle la paga de 53.000 pesetas
dentro de pocos meses. «Que me expliquen de qué viviré entonces»,
pregunta con la cabeza agachada Antonio.
A menos de dos kilómetros del municipio sobrevive el poblado de
las minas. Un camino de tierra roja separa a un lado y al otro casas
de una planta cerradas con cadenas. Persianas medio descolgadas,
fachadas embadurnadas de polvo rojo y un silencio, roto por el silbido
de algunos pájaros, hablan por sí solos. Allí no queda nadie o casi
nadie. Porque los antiguos mineros dicen que todos los días salen
seis camiones cargados de mineral. «Los excedentes almacenados desde
antes del cierre se los llevan los de la Comisión Liquidadora y
después lo venden». Manolo, de 39 años, sólo espera un milagro para
no marcharse del pueblo. «Nos deben unos mil millones de pesetas
y nuestra salvación pasa por hacernos con la mina para cobrar la
deuda». En el poblado, ya no suenan las cargas de dinamita, algunos
de los camiones Jumper, que bajaban más de 150 metros para cargar
el mineral, conviven arrinconados en la parte externa de una nave.
Las cintas correderas y las carrocerías abandonadas de varios coches,
forman parte de la soledad de un lugar vallado donde perduran las
ruinas de una historia escrita con lágrimas de hierro. Nadie quiere
ir al poblado. «Nos da mucha pena y se siente bastante dolor», confiesan.
Ni siquiera Dios ha dejado su casa abierta. Las campanas de la iglesia
de la mina ya no repican. Alrededor, pintadas escritas en blanco
sobre las paredes rojas. «Traidores»; «La mina no morirá»; «La lucha
continúa»; «No nos quedaremos sin pan» y tantas otras, dibujadas
bajo el efecto de la ira, de la impotencia de los que sienten a
sus, treinta y cinco, cuarenta y cinco o cincuenta años que nadie
los quiere para trabajar y la ayuda familiar o el paro se les acaba.
La Junta «nos abandona»
Manolo tampoco levanta la cabeza cuando habla. Sus palabras tiemblan,
como su vida, como los dedos que aprietan el cigarro en su mano
derecha. «Aquí tienes a uno de los jóvenes», avisa un amigo. «En
un principio creímos en las promesas de la Junta, pero nos han mentido.
Nos han abandonado. No han hecho nada y esto se hunde. Pero en este
pueblo somos la hos todavía hay gente que vota al PSOE». La Administración
andaluza presentó un plan de viabilidad supeditado a la venta de
los activos de la mina. «Siempre se escudan en lo mismo. En la venta.
¿Dónde está el consejero de Industria? Todavía no ha venido por
aquí, no ha dado la cara y tengo ganas de que vea cómo vivimos.
Bueno, sobrevivimos. ¡Ah!, todavía nos deben más de mil millones
de pesetas y mientras , la Comisión Liquidadora robando lo poco
que queda. ¡Qué asco!»
Manolo pisotea con rabia la colilla de su cigarro antes de integrarse
en la asamblea de la Sociedad Anónima Laboral que agrupa a 120 de
los ex-trabajadores. Otro pequeño reducto de mineros componen el
bando contrario, la Comisión Liquidadora. «Todo ha cambiado mucho.
Antes el pueblo iba a una, ahora hay divisiones», el alcalde es
el último en atravesar el quicio de la puerta. Al fondo de la sala,
el presidente de la SAL toma asiento. Pablo Iglesias y Carlos Marx
asisten a la reunión, colgados de una fotografía. Uno de los asamblearios
rompe el silencio: «Aquí como no lluevan euros », tres mujeres ríen
en la fila de atrás, ellas trabajaban de administrativas, ahora
pasan los días encerradas en sus casas, «porque aquí apenas hay
diversión». La patrona de los mineros, Santa Bárbara, ya no procesiona
por el poblado, ahora sólo lo hace en el municipio, «porque nadie
quiere recordar esos tiempos». También se acabaron las verbenas
del 18 de junio, y las fiestas de San Hermenegildo «aparecen como
un suspiro entre tanta pena», afirma el alcalde mientras recuerda
«aquellas noches de sábado, cuando Alquife se convertía en el centro
de diversión de la comarca de Guadix». Ahora sólo quedan tres bares,
una farmacia, un consultorio médico, la oficina de correos, y el
único comercio de tejidos ha colgado un cartel en el escaparate:
«Se vende».
Cuentas pendientes
«La gente no viene a la tienda como antes, no gastan mucho dinero.
Antes dejaban sus cuentas pendientes y el día uno de cada mes pagaban.
Ahora hay familias que no pueden. Vienen a finiquitar sus deudas
y si conoces sus dificultades no les puedes cobrar. Pero bueno,
por lo menos la tienda se mantiene. Y Dios gracias». El comercio
de Loli nació con la mina hace 112 años. Sus abuelos mantenían un
pequeño bar donde paraban los mineros antes de subir al tajo. «Eran
los primeros años del siglo XX». Meses antes de comenzar la nueva
centuria, el pequeño corte inglés ya no vende los mismos litros
de ginebra, de ron o de coñac que antaño, pero aquí se puede adquirir
una lámpara, las anillas de una cortina, una muñeca, una bolsa de
patatas fritas, salchichóncualquier producto, menos la alegría de
sus habitantes.
Frente al Ayuntamiento, un pequeño bar. En la barra, dos ancianos
miran el fondo de su vaso de cerveza esperando alguna solución a
sus problemas. «La mina tenía recursos para rato, la cerraron porque
interesaba traer el mineral de Brasil, siempre más barato. Los franceses
(últimos dueños) arrancaron más de la cuenta y en pocos años se
la cargaron», ahora más de la mitad del fondo de la explotación
a cielo abierto, se encuentra anegada de agua, «es inviable ponerla
en marcha otra vez».
Una película histórica
El sonido del claxon del camión del butano rompe la monotonía
de las calles, casi siempre vacías, «pero bueno, no todo resulta
tan malo, de vez en cuando proyectamos cine y dentro de pocos días
veremos un vídeo con los acontecimientos más destacados de los últimos
20 años». La película incluye: «la evacuación de un enfermo en helicóptero,
la caída del palo Alquifeño -tradición popular- ,centenario del
minero, deportes, y los conflictos generados por el cierre de Minas
de Alquife y Cerro minero», un reflejo de su lenta agonía.
Las casas han cambiado su color rojo sangre por un blanco más
pacífico. Los habitantes han vuelto a relacionarse con la Guardia
Civil, sueñan con un futuro más prometedor, pero no han desaparecido
todavía los recuerdos de una vida entregada al hierro ni las cicatrices
abiertas «por el incumplimiento de las promesas que nos hicieron».
Todavía mantenemos la esperanza, pero la gente está muy quemada.
Fuimos uno de los motores de la provincia y ahora nadie se acuerda
de que existimos», asegura Fernando Pleguezuelos, vestido con su
mono de trabajo, mientras camina por delante de una de las pocas
viviendas construidas en los últimos años.
La vieja rosa de 98 años entra en su casa para soñar durante la
noche que hoy volverán los mineros a la calle Lepanto, de camino
al trabajo. «Siempre nos hemos ayudado entre todos. Si uno tenía
un mendrugo de pan lo compartía, pero quién nos ayuda a nosotros».
Rosario sólo entiende al pueblo, «porque no sé de política», pero
nadie nos engañará, «la mina ha dado vida y ahora nos la han quitado».
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