DIARIO IDEAL DE GRANADA (21/4/2000)

Lágrimas de hierro
Alquife, sinónimo de riqueza minera durante más de un siglo, se encuentra sumido en el abandono, después del cierre de sus explotaciones



OSARIO es una rosa de 98 años vestida de negro y maquillada con las arrugas regaladas por la vida. Cada día sale a la puerta de su casa, en la calle Lepanto, y busca con sus ojos la imagen de los mineros dirigiéndose al trabajo con sus carburos al hombro y la bolsa de comida en la mano. No los encuentra desde Octubre de 1996, cuando dejó de funcionar la última explotación minera de Alquife. Ahora sólo tiene un muro enfrente de su vivienda.

La localidad ha sido sinónimo de mina, de progreso, de riqueza, de alegría, de calidad de vida, de durante 112 años. Desde febrero de 1997, fecha elegida por la Compañía Andaluza de Minas para despedir a sus 264 obreros, una palabra desconocida por estos lares, llamada paro, le ganó la batalla a las barricadas, a las huelgas, a las cargas contra la Guardia Civil, a los encierros en la Catedral de Granada a la vida de un pueblo que ha crecido con el sudor de tres generaciones, teñidas por el color rojo del mineral ferruginoso.

«Antes bajábamos de la mina reventados pero no faltaba la alegría en los bares y en los hogares, no prescindíamos de nada». Cuatro años después del cierre de la última explotación activa, Benito Ruiz, ha dejado de arrojar piedras contra las fuerzas del orden público, para lanzarlas, de una forma más diplomática, contra la Administración andaluza. El nuevo alcalde del PP, «porque el partido me prometió hechos y no cuentos de hadas», mueve sus manos al son que marcan sus palabras: «Nos han dado una escuela taller para edificar una residencia geriátrica, tenemos una nave donde un empresario de Laroles se pretende instalar para construir muebles del siglo XVI». Durante la explicación de los proyectos de futuro repite la palabra paro más de quince veces: «Sólo quiero trabajo para mi pueblo», sube el tono de voz, mientras señala con el dedo índice los planos de la futura residencia, donde fija su mirada.

Con 53.000 pesetas, la vida sigue

Pero el presente es muy duro. Los 2,5 millones de pesetas de sueldo anual que ganaba un minero ha quedado en cincuenta y tres mil pesetas, cobradas mes a mes por quienes enriquecieron a los ingleses, primero, australianos después y franceses, por último. «Los gabachos se encargaron de hundir el negocio», afirma Antonio Valenzuela. En su casa, nadie va de vacaciones desde 1996. «El médico no me ha prohibido fumar, pero hace cuatro años me di cuenta que el dinero no llegaba para comprar todos los días una cajetilla. Me vi obligado a dejarlo». Su mujer compra, como antes, en la tienda de Loli, el pequeño corte inglés de Alquife. Pero ahora lleva menos peso en los brazos cada vez que llega a su casa. Las bolsas no se llenan tanto como antaño. La ayuda familiar no le permite demasiadas alegrías, más bien, bastantes quebraderos de cabeza, sobre todo a principio de cada mes, cuando desembolsa las cuotas del alquiler de las viviendas de dos de sus hijos, estudiantes de la Universidad de Granada, el pago de los recibos de la luz, del agua, de las basuras, la comida «y con suerte de que no surjan imprevistos». La mujer que duerme a su lado desde hace más de veintitrés años ya no le prepara la talega con la merienda, como hacía cada una de las mañanas, las noches o las tardes de trabajo, desde 1960. El Inem dejará de prepararle la paga de 53.000 pesetas dentro de pocos meses. «Que me expliquen de qué viviré entonces», pregunta con la cabeza agachada Antonio.

A menos de dos kilómetros del municipio sobrevive el poblado de las minas. Un camino de tierra roja separa a un lado y al otro casas de una planta cerradas con cadenas. Persianas medio descolgadas, fachadas embadurnadas de polvo rojo y un silencio, roto por el silbido de algunos pájaros, hablan por sí solos. Allí no queda nadie o casi nadie. Porque los antiguos mineros dicen que todos los días salen seis camiones cargados de mineral. «Los excedentes almacenados desde antes del cierre se los llevan los de la Comisión Liquidadora y después lo venden». Manolo, de 39 años, sólo espera un milagro para no marcharse del pueblo. «Nos deben unos mil millones de pesetas y nuestra salvación pasa por hacernos con la mina para cobrar la deuda». En el poblado, ya no suenan las cargas de dinamita, algunos de los camiones Jumper, que bajaban más de 150 metros para cargar el mineral, conviven arrinconados en la parte externa de una nave. Las cintas correderas y las carrocerías abandonadas de varios coches, forman parte de la soledad de un lugar vallado donde perduran las ruinas de una historia escrita con lágrimas de hierro. Nadie quiere ir al poblado. «Nos da mucha pena y se siente bastante dolor», confiesan. Ni siquiera Dios ha dejado su casa abierta. Las campanas de la iglesia de la mina ya no repican. Alrededor, pintadas escritas en blanco sobre las paredes rojas. «Traidores»; «La mina no morirá»; «La lucha continúa»; «No nos quedaremos sin pan» y tantas otras, dibujadas bajo el efecto de la ira, de la impotencia de los que sienten a sus, treinta y cinco, cuarenta y cinco o cincuenta años que nadie los quiere para trabajar y la ayuda familiar o el paro se les acaba.

La Junta «nos abandona»

Manolo tampoco levanta la cabeza cuando habla. Sus palabras tiemblan, como su vida, como los dedos que aprietan el cigarro en su mano derecha. «Aquí tienes a uno de los jóvenes», avisa un amigo. «En un principio creímos en las promesas de la Junta, pero nos han mentido. Nos han abandonado. No han hecho nada y esto se hunde. Pero en este pueblo somos la hos todavía hay gente que vota al PSOE». La Administración andaluza presentó un plan de viabilidad supeditado a la venta de los activos de la mina. «Siempre se escudan en lo mismo. En la venta. ¿Dónde está el consejero de Industria? Todavía no ha venido por aquí, no ha dado la cara y tengo ganas de que vea cómo vivimos. Bueno, sobrevivimos. ¡Ah!, todavía nos deben más de mil millones de pesetas y mientras , la Comisión Liquidadora robando lo poco que queda. ¡Qué asco!»

Manolo pisotea con rabia la colilla de su cigarro antes de integrarse en la asamblea de la Sociedad Anónima Laboral que agrupa a 120 de los ex-trabajadores. Otro pequeño reducto de mineros componen el bando contrario, la Comisión Liquidadora. «Todo ha cambiado mucho. Antes el pueblo iba a una, ahora hay divisiones», el alcalde es el último en atravesar el quicio de la puerta. Al fondo de la sala, el presidente de la SAL toma asiento. Pablo Iglesias y Carlos Marx asisten a la reunión, colgados de una fotografía. Uno de los asamblearios rompe el silencio: «Aquí como no lluevan euros », tres mujeres ríen en la fila de atrás, ellas trabajaban de administrativas, ahora pasan los días encerradas en sus casas, «porque aquí apenas hay diversión». La patrona de los mineros, Santa Bárbara, ya no procesiona por el poblado, ahora sólo lo hace en el municipio, «porque nadie quiere recordar esos tiempos». También se acabaron las verbenas del 18 de junio, y las fiestas de San Hermenegildo «aparecen como un suspiro entre tanta pena», afirma el alcalde mientras recuerda «aquellas noches de sábado, cuando Alquife se convertía en el centro de diversión de la comarca de Guadix». Ahora sólo quedan tres bares, una farmacia, un consultorio médico, la oficina de correos, y el único comercio de tejidos ha colgado un cartel en el escaparate: «Se vende».

Cuentas pendientes

«La gente no viene a la tienda como antes, no gastan mucho dinero. Antes dejaban sus cuentas pendientes y el día uno de cada mes pagaban. Ahora hay familias que no pueden. Vienen a finiquitar sus deudas y si conoces sus dificultades no les puedes cobrar. Pero bueno, por lo menos la tienda se mantiene. Y Dios gracias». El comercio de Loli nació con la mina hace 112 años. Sus abuelos mantenían un pequeño bar donde paraban los mineros antes de subir al tajo. «Eran los primeros años del siglo XX». Meses antes de comenzar la nueva centuria, el pequeño corte inglés ya no vende los mismos litros de ginebra, de ron o de coñac que antaño, pero aquí se puede adquirir una lámpara, las anillas de una cortina, una muñeca, una bolsa de patatas fritas, salchichóncualquier producto, menos la alegría de sus habitantes.

Frente al Ayuntamiento, un pequeño bar. En la barra, dos ancianos miran el fondo de su vaso de cerveza esperando alguna solución a sus problemas. «La mina tenía recursos para rato, la cerraron porque interesaba traer el mineral de Brasil, siempre más barato. Los franceses (últimos dueños) arrancaron más de la cuenta y en pocos años se la cargaron», ahora más de la mitad del fondo de la explotación a cielo abierto, se encuentra anegada de agua, «es inviable ponerla en marcha otra vez».

Una película histórica

El sonido del claxon del camión del butano rompe la monotonía de las calles, casi siempre vacías, «pero bueno, no todo resulta tan malo, de vez en cuando proyectamos cine y dentro de pocos días veremos un vídeo con los acontecimientos más destacados de los últimos 20 años». La película incluye: «la evacuación de un enfermo en helicóptero, la caída del palo Alquifeño -tradición popular- ,centenario del minero, deportes, y los conflictos generados por el cierre de Minas de Alquife y Cerro minero», un reflejo de su lenta agonía.

Las casas han cambiado su color rojo sangre por un blanco más pacífico. Los habitantes han vuelto a relacionarse con la Guardia Civil, sueñan con un futuro más prometedor, pero no han desaparecido todavía los recuerdos de una vida entregada al hierro ni las cicatrices abiertas «por el incumplimiento de las promesas que nos hicieron». Todavía mantenemos la esperanza, pero la gente está muy quemada. Fuimos uno de los motores de la provincia y ahora nadie se acuerda de que existimos», asegura Fernando Pleguezuelos, vestido con su mono de trabajo, mientras camina por delante de una de las pocas viviendas construidas en los últimos años.

La vieja rosa de 98 años entra en su casa para soñar durante la noche que hoy volverán los mineros a la calle Lepanto, de camino al trabajo. «Siempre nos hemos ayudado entre todos. Si uno tenía un mendrugo de pan lo compartía, pero quién nos ayuda a nosotros». Rosario sólo entiende al pueblo, «porque no sé de política», pero nadie nos engañará, «la mina ha dado vida y ahora nos la han quitado».